Entre dejar atado al cerdo y
poner el mensaje para contactar, ya se me había hecho algo tarde, así que al salir
a la calle, no busqué durante demasiado tiempo el sitio donde comer. Pasé por
un italiano, La Tagliatella, (creo recordar), franquicia que ya conocía, puesto
qué en alguna que otra ocasión en mi ciudad, había estado comiendo y tenía
buenas sensaciones al respecto, así que sin más entré y después de inspeccionar
la carta, me decidí por una ensalada y un plato de pasta que ingerí muy a
gusto, al terminar salí de nuevo a la calle
y me senté en una terracita para tomarme un carajillo de Baileys con
hielo, mientras disfrutaba de la sobremesa, envuelta en una agradable
temperatura.
Estuve cerca de una hora en
aquella relajante ubicación, pasado ese tiempo, decidí levantarme y estirar un
poco las piernas, sabía que el cabrón de mi marido, no lo estaría pasando
demasiado bien, pero tampoco me preocupaba demasiado, al fin y al cabo no era
ni más ni menos que lo que se merecía y de todas formas aún pensaba hacérselo
pasar peor.
Inicié un recorrido al azar,
siempre sin alejarme demasiado del hotel, iba calzada con sandalias de tacones
altos y no era cuestión de machacarme las piernas en exceso. Pasando por la
calle París, me llamó la atención un Sex shop, que despertó mi curiosidad, cosa
habitual en mí, ante estos establecimientos, así que sin pensarlo dos veces entré
a curiosear.
Me gustó lo que vi, tenían
bastantes más artilugios que otras tiendas de este tipo que anteriormente
visité, nada más entrar me topé con una vitrina que había a la izquierda, en la
que se exhibía una máscara porcina muy graciosa, que inevitablemente, trajo de
nuevo a mi cabeza, la imagen del cerdo de mi esposo, tumbado en el suelo del
baño, instintivamente me dirigí a la zona donde había expuestos diferentes
elementos para azotar y después de recrearme viéndolos e imaginando, elegí
comprar un látigo y una pala de cuero, que me parecieron bastante expeditivos.
Contenta, con mi adquisición en
un paquetito y ansiosa por probar esos útiles, me dirigí de nuevo al hotel, al
llegar me encontré al gorrino tirado en el suelo, tal y como lo había dejado,
pero el muy guarro no se había podido contener durante las aproximadamente 5
horas que yo había estado fuera y se había orinado, la visión resultaba
asquerosa, la bestia yacía tendida sobre sus propios meados, me dio tanto asco
que no pude reprimir el darle una patada y escupirle en la cara, el ciervo solo
dio un respingo, al mismo tiempo que un pequeño quejido, mientras me pedía
perdón por no haberse podido contener. Lo desaté y le ordené meterse en la
ducha para limpiarlo (Odio el olor a cerdo meado), puse la alcachofa de la
ducha a máxima presión y con agua fría comencé a dirigir el caudal de agua
sobre su cuerpo, más si cabe hacia los genitales, quedando su pequeño pito
reducido a la mínima expresión, me imagino que debido a la frialdad del
líquido. Lo tuve un buen rato en remojo y tiritando, de vez en cuando le hacía
girarse y le dirigía el fuerte chorro hacia la boca y nariz, hasta provocarle
cierta sensación de ahogamiento, que el puerco con ridículos movimientos de
hocico trataba de evitar.
Una vez bien limpito, le ordené
ponerse otro tanga de cuero que me gusta llevar siempre en la maleta sado, me
gusta ir preparada por si tengo ocasión de exhibirlo ante otras personas, por
mi parte, también me cambié la ropa que había llevado para salir por la calle y
me puse otra indumentaria más acorde con la sesión de control que pensaba
llevar a cabo.
Una vez semivestida con prendas
más propias de un Ama, le ordené al hijo de puta, que me volviera a hacer sin
rechistar, otro nuevo reportaje fotográfico, siempre claro está, con el fin de
tener más material para poner nuevos anuncios, se lo hice saber para joderlo
más y doblegar su estúpida y egoísta resistencia, me encendí un cigarrillo y
mientras lo fumaba plácidamente, me contoneaba y exhibía delante del puerco,
incluso en esta ocasión para encelarlo más y en contra de lo que en mí es
habitual, me mostré en posiciones algo más ginecológicas que otras veces,
(espero y deseo que estas fotos no os desagraden), solamente lo hice por darle
una lección y vencer sus reticencias (en una de las instantáneas podéis ver al
animal, obedeciendo cámara en ristre, plasmando las imágenes).
Cuando consideré que ya era
suficiente humillación, le hice desnudarse y tumbarse en la cama. Teniéndolo en
esa posición me era muy fácil comenzar con el correctivo, me puse manos a la
obra, estirando su pollita y huevos hasta hacerlo gruñir de dolor, el manso se
contenía y lo hacía bastante quedamente, porque con anterioridad le había
apercibido, de que si sus lamentos llegaran a ser escuchados, desde fuera de la
habitación, el castigo sería mucho mayor, así que el muy imbécil trataba de
aminorar el sonido sus quejas al máximo, incluso a veces, mordiendo la sábana
para poder cumplir mi mandato.
Cuando me cansé de darle fuertes
estirones y de ir venciendo su raciocinio a base de pellizcos, bofetadas, etc.,
y ya con el animal sudoroso, lo até de nuevo, sujetando bien, brazos y piernas,
lo empujé de nuevo sobre un pequeño banco que había en la habitación y de esa
forma conseguí, que le resultara prácticamente imposible poder erguir su cuerpo
ni levantarse, teniéndolo inmovilizado y a mi entera disposición, comencé a
usar sobre su sebosa piel, tanto el látigo, como la pala, además de otro
flagelo de gomas que yo había llevado en mi equipaje.
Disfruté y descargué toda la
adrenalina que llevaba en mi interior, mientras duró el castigo, me excitaba
contemplar como la piel sonrosada del esclavo se iba tornando en color rojizo
primero, para después pasar a un tono cárdeno, adornada por los surcos que
trazaba mi látigo, sobre esa especie de lienzo a mi disposición y donde
inexorablemente podía hacer libre expresión de mi "arte dominatrix".
Cuando terminé con el animal
envuelto en lágrimas, lo desaté y le obligué a darme un baño además de un
masaje relajante, al final, más tranquila y con el perro marcado a los pies de
la cama, abrí un botellín de vodka y a modo de desinfectante, se lo derramé por
la espalda y culo, mientras se retorcía de escozor, pero sin osar el cambiar de
posición.
Esa noche, viéndolo tan dolorido,
me apiadé de él y lo dejé dormir en el sillón. Como podréis imaginar, en todo
ese viaje por Barcelona, ya no hubo ningún amago de controversia, hacia
cualquier tipo diversión que a mí me apeteciese tener.