Cornudo, esclavo, cuckold, perro, cerdo, cabestro, picha corta, maricona, sissy, hubby, henpecked, manso, etc., son algunos de los calificativos despectivos que me gusta emplear cuando me dirijo a mi sumiso porky, el vejarlo o humillarlo dentro de nuestra relación BDSM como AMA y sumiso es un placer para mi, Ama Dana.
martes, 19 de noviembre de 2019
CUESTIONARIO FORZADO - 5
Este resumen no está disponible. Haz
clic en este enlace para ver la entrada.
martes, 12 de noviembre de 2019
CUESTIONARIO FORZADO - 4
De nuevo con vosotros para continuar
contando la experiencia de aquel extraño día; conforme la voy narrando, vuelven
a mi memoria muchos recuerdos que parecían olvidados y que no me gustaría
dejármelos en el tintero, aunque eso, sea a costa de alargar la historia
muchísimo más de lo que en un principio tenía pensado, espero que todos esos
detalles enriquezcan el texto y no os resulte demasiado aburrido.
Las fotos que acompañan este capítulo, al
igual que en el anterior, tampoco tienen nada que ver con lo sucedido aquel
día, son instantáneas que se tomaron en el 2011. Como veis, por aquel tiempo,
yo gozaba de una figura con unos cuantos kilos menos de los que ahora peso, ese
aumento coincidió con el periodo en que dejé de fumar (todo tiene su precio),
de todas maneras el incremento en mis curvas, también trajo consigo un buen
abultamiento de pechos, y es aquí donde viene muy bien el dicho: "No hay
mal que por bien no venga", no sé que pensaréis al respecto y si estaréis
de acuerdo conmigo; pero os confieso que yo estoy encantada con el volumen de
mis tetas actuales.
Una vez hecha esta pequeña introducción,
doy paso al relato, volviendo a colgar el último párrafo del anterior post, con
el fin de refrescar vuestra memoria.
No me convenía para mis intereses, el
lamentable estado de ebriedad que el muy asqueroso animal seguía teniendo,
dicho estado podría dificultar mi labor de reinserción o hacerme trabajar más
de la cuenta para conseguirla. Me resultaba imprescindible, volverlo a la plena
consciencia, sacándolo del adormecimiento etílico en el que se encontraba. Con
el claro propósito de conseguir que estuviera totalmente lúcido durante el duro
castigo al que pensaba someterle.
Del exterior de la alcoba y proveniente de
la calle, penetraba por la ventana una luz escasa y mortecina, debida en gran
parte a los negros nubarrones que cubrían el cielo; claro presagio de la
inminente tormenta. Me gustaba e inspiraba, el ambiente que se respiraba en la
habitación, a lo lejos ya se escuchaba el resonar de los primeros truenos,
parecía que el tiempo se había hecho mi aliado, para conferir un escenario de iluminación
oscurecida; me hubiera gustado mantener ese clima ambiental, pero intentando
evitar la propagación de sonido, decidí bajar la persiana y correr la gruesa
cortina, aunque para evitar la oscuridad total, conecté la pequeña lámpara de
mesilla, cuya pantalla cubrí con un pañuelo rojo, pero eso si, teniendo mucho
cuidado de que no se quemara con el calor de la bombilla. Me volví hacia el
cerdo, admirando como su grasienta piel brillaba con los preciosos reflejos
rojizos y comprobando al mismo tiempo que la luminosidad era perfecta, para
crear un ambiente lúgubre que potenciara mi inspiración sádica y que además
consiguiera influir temor en el ánimo del atocinado esclavo, estimulando su
poca hombría.
Contemplé satisfactoriamente el tétrico
decorado y con plena determinación de hacer volver al cerdo a la cruel y dura
realidad de su triste existencia, me dirigí a la cocina; una a vez en ella,
abrí el congelador, vaciando las cubiteras de hielo que había dentro en dos
recipientes; en uno de ellos vertí también abundante agua, acompañada de una
buena chorrada de amoniaco; me puse una mascarilla protectora para evitar
inhalar los desagradables efluvios y empapando una esponja, comencé a pasarla
por la cabeza, cara, espalda, etc., El puerco se resistía cabeceando lo máximo
que los amarres le permitían; que por cierto, era más bien poco; sobre todo,
cuando los vapores del producto invadían su olfato, además yo, con la otra mano
le sujetaba del pelo, aplastando su hocico contra la esponja empapada,
obligándole inevitablemente a aspirar e incluso tragar parte del fuerte y
tóxico líquido. Aunque se debatía dando tremendos tirones, las fuertes
sujeciones que apretaban sus muñecas y tobillos, le hacía imposible evitar que
el fuerte y virulento hedor penetrara en su organismo. Después de ese
tratamiento, el gordo parásito quedó con la cabeza baja, casi desvanecido, en
ese momento tomé dos cubitos y le froté a base de bien los pezones una y otra
vez, para seguidamente obligarle a abrir la boca, tapándole la nariz,
introduciéndole otro par de hielos que le llenaron totalmente la cavidad bucal;
trataba de empujarlos fuera con la lengua, pero evité que los expulsara,
empujándolos hacia dentro con la palma de mi mano y poniéndole alrededor de la
cabeza un par de vueltas de precinto de embalar, de esa forma el morro del
animal quedó sellado a la par que sus ojos, en ridícula expresión, se abrían
desmesuradamente.
Con todo aquel tratamiento estimulante, el
animal iba reaccionando, pero demasiado lentamente para mi gusto, (Con el
tiempo he descubierto que el amoniaco en lugar de espabilar como era mi
objetivo, tiene efectos totalmente distintos en el cerebro, ya que produce
confusión, letargo y en según que dosis puede terminar en coma) así que viendo
que los estímulos administrados en la bestia no causaban los efectos deseados
para la realización de mis propósitos, en buena parte desanimada, me puse a
pensar en que más podría hacer; fue entonces cuando me fijé, en como colgaban
bamboleantes, los gordos huevazos del animal y se me ocurrió otra idea: en la
cocina había visto un pequeño taper casi cuadrado y supuse inmediatamente, que
podría ser ideal para llevar a cabo mi malévolo invento, fui a por él,
comprobando que tenía la cavidad suficiente, para efectuar el experimento
maquinado por mi perversa mente; calenté un clavo en el fuego y le hice dos
agujeros a cada lado, pasé una cuerda por cada orificio, haciendo un nudo
interior para evitar que se salieran y seguidamente volví a la alcoba, en donde
tenía colgado al animal, me puse detrás de él y sin miramiento alguno le
coloqué un collar de castigo con pinchos interiores y anillas de enganche, a
las que fuertemente sujeté el recipiente de forma que quedara bien tenso y no
se pudiera derramar su contenido, a continuación metí varios cubitos de hielo
en el fondo del taper, luego me agaché y oprimiendo sus testículos sin piedad,
los introduje dentro del angosto recipiente, dejándolo así perfectamente
ajustado entre las piernas del puerco y fuertemente incrustado en el perineo;
teniéndolo en esa posición, tensé las cuerdas al máximo, haciendo que los
pinchos del collar de castigo, se clavaran dolorosamente en el cuello del
morlaco; de esa forma, evitaba los posibles movimientos inoportunos durante el
tratamiento porcino al que iba a ser sometido, aunque inevitablemente esas
fuertes sujeciones, ocasionaran el derramamiento de las primeras gotitas de
sangre. En esa situación las voluminosas criadillas del tocino quedaron embutidas
dentro del envase y sin posibilidad de escapar por mucho que se encogieran.
Para terminar de completar mi invento, metí un pequeño embudo, forzando entre
el suelo pélvico y las aplastadas pelotas, procediendo a llenar el taper de
agua helada con amoniaco. Al meter el líquido tan frío, lo que yo pretendía, no
era otra cosa; que conseguir que los cubitos de hielo tardaran en derretirse el
máximo tiempo posible y de esa forma, poder observar detenidamente, el efecto
castrador que ese tratamiento pudiera ejercer sobre el tocino.
El descerebrado homínido, con la nariz
aplastada contra la puerta, se encontraba imposibilitado de mover la cabeza, ya
que además de las sujeciones, los pinchos del collar, al más leve movimiento
herían su pescuezo. Con el rabillo del ojo y mirada expectante, trataba de
seguir mis desplazamientos a su espalda, la inseguridad de no saber lo que yo
estaba preparando, le causaba gran desasosiego, los perceptibles temblores de
su cuerpo delataban el pánico que estaba viviendo; hacía esfuerzos para hablar,
pero el precinto bien adherido a su hocico se lo impedía. El esperpéntico
atocinado emitía amortiguados gruñidos, mientras trataba de cabecear, aunque
los pinchos del collar desgarraran su piel.
Por la forma en como se debatía y trataba de escapar a mis manejos, pensé que
quizás estuviera lo suficientemente despejado, para comenzar con su
reinserción, pero para más seguridad, me dirigí de nuevo hasta el congelador y
saqué de él un Calippo de los que le gustan comer a mi hija; (Por si
desconocéis el aspecto que tiene: se trata de un sorbete de hielo, de forma
cónica parecida a un cohete), pues bien, me coloqué detrás del gordo culo del
becerro y con una mano, le abrí los mofletes todo lo que pude, dejando expuesto
y abierto el ojete amarronado; le puse un buen chorretón de aceite de oliva,
dentro del agujero, para que con el frío del hielo no se le pegara al intestino
y pudiera penetrar sin problema alguno. Como si de una diana se tratara, apunté
la punta del helado al centro del pequeño agujero y de un empujón, sin
miramiento alguno, le introduje de golpe la totalidad del Calippo, hasta que
solo quedó fuera el palo de madera. El animal con un gruñido amortiguado se
crispó tensando todo su corpachón, mientras sus manos se cerraban y abrían con
fuerza en ridículos espasmos que solamente me producían risas y placer.
Con el cansancio normal después de haber
llevado a cabo mi imaginativa obra y mientras el animal se debatía gimiendo
ahogadamente, me senté para recobrar mis fuerzas, en un pequeño sillón a su
lado, fumándome un cigarrillo pausadamente, ya que por aquel entonces, aún no
había podido dejar el vicio del tabaco y me gustaba relajarme y deleitarme,
mientras veía los implorantes y asustados ojos del puto aborto de cerda. Me
recreaba disfrutando del resultado de mi obra, hasta ese momento. La visión de
mi esclavo maridín, sudoroso con la atocinada piel brillante de grasa y a mi
total disposición, para hacer con él cualquier tipo de cruel castigo que se me
ocurriera, por muy violento que fuere, hacía que inevitablemente mis bragas se
humedecieran de malsano placer. En mi detallado recorrido visual, me fijé
particularmente, en como sus arrugados huevos, habían reducido su tamaño
considerablemente e iban adquiriendo un color morado precioso. Siguiendo los
instintos sádicos que aquellas imágenes despertaban en mí y también para
terminar de ayudar a su total recuperación mental y física, de vez en cuando
aplicaba la punta del cigarrillo contra una de sus gordas nalgas, chamuscando sus
grasientas carnes que desprendían un desagradable tufillo a torrezno quemado,
mientras el muy nenaza se agitaba convulsivamente en pequeños estertores,
debidos a las férreas sujeciones que lo tenían aplastado contra la puerta.
Cuando acabé el pitillo, lo apagué contra su espalda y me acerqué de nuevo
hacia la cara del puerco, comprobando que por fin y gracias a todos mis
esfuerzos, el mastuerzo había recuperado la total consciencia, tal y como yo
pretendía para poder dar paso a la dura sesión.
En el momento en que confirmé que el cerdo
había recobrado los cinco sentidos, comencé a preparar mi arsenal de
instrumentos persuasivos, tales como: la tralla, fustas, látigos, flogers,
pinchos, agujas, etc., colocándolos todos sobre una mesita cercana. Me recreé
contemplándolos y calculando de antemano el uso que pensaba darles sobre el
saco de vísceras. El motivo de tener tantos artilugios de tortura diferentes,
no es otro que el de ir variando el castigo, tratando de evitar siempre, que el
esclavo se acostumbre al mismo tipo de dolor que infringe cualquiera de ellos y
al irlos permutando, consigo que el sufrimiento y desconcierto en el cerebro
del sumiso, sea mucho más intenso y difícil de asimilar.
Antes de comenzar la dura sesión para la
reinserción de Porky a su estado natural, y para evitar cualquier obstáculo que
pudiera entorpecerla, procedí con calculada calma a retirar el helado del ojete
del guarro; o más bien, el palo, ya que el Calippo se había derretido, quedando
una buena parte del chocolate y limón, en el interior del intestino del animal
y otra parte escurriendo asquerosamente por las ajamonadas patas del puerco.
Retiré también el taper de agua helada, cuyo borde, debido a la fuerte tensión
de las cuerdas, se le había incrustado en la zona del perineo, dejando un
pequeño rastro rojizo. Al liberar las criadillas del morlaco, presentaban un
aspecto muy distinto a lo habitual, se hallaban encogidas y de un color cárdeno
oscuro, las estrujé con mis dedos; comprobando que estaban heladas. Me acerqué
al desgraciado muy despacio, recreándome con el pánico que destilaba todo él;
me puse detrás, con mis tetas pegadas a su cebado cuerpo, pudiendo notar sus
temblores y entonces, pellizcándole los pezones fuertemente, le dije muy cerca
del oído,
-"¡Hijo de la gran puta!, lo
que has hecho, y la forma en que me has hablado esta tarde delante de la gente
y de la zorra que te parió, no lo vas a volver a hacer nunca más, te lo puedo
aseverar; la cerda asquerosa de tu madre, jamás podrá estar a mi altura, esa
vaca de tetas gordas, no es más que una basura y te aseguro que eso tiene que
quedar bien grabado a partir de hoy, en tu corto cerebro de mono. Todo lo que
te va a suceder en esta habitación a partir de este momento, no es más que la
consecuencia de tus actos y debes de comprender que lo que voy a hacer contigo,
es por tu bien y el de nuestra familia, espero que aprendas esta lección,
porque si alguna vez se repitiera un episodio parecido a lo que he tenido que
aguantar hoy, podría tener unas consecuencias terribles para tu nefasta y
desgraciada vida".
La piltrafa humanoide, intentando ladear
la cabeza, todo lo que las tensiones de las ataduras le permitían, me miraba de
soslayo, con suplicantes y aterrorizados ojos. Cogí una de las fustas, acaricié
suavemente con ella los hombros del animal primero, para seguidamente alzar mi
brazo y sin el menor atisbo de compasión, golpear fuertemente sobre su espalda,
provocándole un fuerte encogimiento, acompañado de un gemido ahogado por la
cinta que amordazaba su hocico. A ese primer fustazo, siguió otro... y otro...
y otro... y muchos más, alternaba los látigos y demás elementos de tortura; la
piel de la alimaña, se iba cubriendo de finas líneas rojas, al mismo compás que
los sordos gruñidos del desgraciado, se confundían con el silbido del siguiente
latigazo rasgando el aire. Hubo un instante en que las piernas del lacerado
esclavo se doblaron desfallecidas, el verlo medio derrumbarse, no me hizo
sentir ninguna compasión y pinchándole por el interior de los muslos, mientras
lo jaleaba con gritos imperativos, le obligué a erguirse de nuevo.
Cuando lo tuve de nuevo en la posición que
me convenía, tensé las correas mucho más fuerte, evitando de esa forma que
pudiera caerse otra vez, además y para más seguridad, le até un cordel fino
pero resistente rodeando fuertemente sus gordas criadillas, a continuación lo
pasé por debajo de la puerta y luego por encima de ella, hasta llegar a su
nuca, sujetándolo al collar de castigo que seguía llevando puesto; de esa forma
le dejé muy claro, la constatación de que si sus piernas se doblasen de nuevo y
si por un casual fallasen las correas y se precipitara hacia el suelo, corría
el enorme peligro de castrarse él solito, dejando sus huevos colgando del
cordel y por consiguiente, quedaría convertido en un eunuco afeminado de voz
aflautada, durante el resto de su miserable y arrastrada vida.
Al observar que su espalda, culo y
piernas, presentaban un aspecto amoratado bastante deplorable, decidí hacer una
pausa; me sequé el sudor con un pañuelo y opté por preguntarle si estaba
asumiendo la lección. Para poder escuchar su respuesta le quité la mordaza,
llevándome con el precinto algún que otro mechón de pelo y al retirarla un
torrente de babas espesas escaparon de su hocico acompañadas por un fuerte
quejido. Con una vocecita débil, medio amariconada, y mientras las lágrimas y
los repugnantes fluidos, embarraban tanto su cuerpo como su rostro animalizado,
me respondió con prontitud,
- "Perdón mi Ama,...
perdooooón.... le juro que no volverá a suceder, no sé que me pasó hoy, estaba
bebido, fue culpa de mi madre, yo no quería......¡lo juro mi Ama!, lo
sientoooo......."
- "Vamos bien imbécil, ¡Dime
ahora mismo que es tu mamá para ti!"
- "Ella es la que me dio la
vida, pero es la tercera persona más importante de mi vida, después de mi hija
y usted, mi Diosa"
- "Contestación incorrecta
cerdo, continuamos tu adiestramiento, hasta que aprendas bien la lección".
Aquellas palabras no me dejaron satisfecha,
no era lo que yo quería escuchar. Me senté de nuevo detrás de él, para
recuperar el máximo de vigor, tomé un refresco tranquilamente y cuando me vi
con energía renovada, proseguí con el suplicio del borrego, azotándolo con
dureza. Para aumentar el dolor, empuñé un látigo fino, muy flexible y al mismo
tiempo fuerte, que usado con el mínimo esfuerzo trazaba sobre la piel del
esclavo, largas laceraciones de color rojo intenso. A cada latigazo, el animal
lanzaba fuertes gruñidos que rompían el silencio de la alcoba. Al haberle
quitado la mordaza de la boca, era inevitable escuchar sus lamentos y temí que
pudiera ser oído desde la casa colindante, pero arriesgándome a que eso pudiera
suceder, no por ello paré la tortura, además me gustaba y excitaba el escuchar
los gritos de sufrimiento del afligido energúmeno.
Transcurridos unos 45 minutos de duro
suplicio, el aspecto de Porky resultaba lastimoso, toda su espalda estaba
enrojecida y en buen parte lacerada, culo y piernas presentaban un aspecto
parecido, su cara estaba cubierta de lágrimas, mocos y babas, así que decidí
parar de golpear por un momento y volví a preguntar,
- "Perro de mierda, ¿Si
estuviéramos en una situación límite las tres, y dependiera de ti el salvarnos,
en que orden lo harías?"
- "No le entiendo mi
Ama", - contestó entre sollozos
- "¿Qué no lo entiendes?
¿Quieres que te lo repita con el látigo imbécil?"
- "¡Nooo Ama! perdón ya lo
entiendo...... primero a la niña, después a usted Señora y por último a mi
mamá"
- "¿Tú mamá? ja,ja,ja, que
ridículo eres........ dime ahora mismo ¿Con que te amamantó tu mamaíta cuando
te echó a este mundo?"
- "Ella siempre dice que me
dio de mamar de sus pechos, durante los primeros meses". - contestó
apresuradamente.
- "¿Sus pechos? ¡Qué idiota
eres asqueroso!, tu puta madre no tiene pechos, no es más que una puta vaca
gorda y las vacas no tienen pechos, estúpido. Las vacas, tienen ubres, para ser
ordeñadas, aunque todas las becerras putas, como tú cebona mamá, se las dejen
manosear por todos los machos que quieran divertirse con ellas".
-"¡Siguen sin convencerme
tus respuestas, mamarracho! pero no te preocupes que al final aprenderás"
- le dije de manera burlona y sádica al mismo tiempo.
El animal escrutaba de reojo, mis
movimientos a sus espaldas. Ocultándome de su reducido ángulo de visión, me
acerqué a la mesita donde estaba depositado mi arsenal de castigo, contemplé
los instrumentos de tortura que tenía sobre ella. Entre todos ellos, se
encontraba uno de los látigos que todavía no había empleado, debido a su gran
dureza y las lesiones que puede infringir sobre un cuerpo débil y atocinado
como es el de Porky; lo había reservado, por si se demoraba demasiado la
consecución de mi proyecto de reinserción animal, se trataba del "vergajo
de toro"; dicho látigo está confeccionado con piel seca de toro, retorcida
y trenzada, en especial, la cortada de la verga del astado; de ahí su explícito
y llamativo nombre.
Sin dudarlo un minuto más, con mano férrea
empuñé el "vergajo de toro", disponiéndome a usarlo con todas las
consecuencias que pudieran derivarse; pero antes de hacerlo restallar sobre las
ya muy magulladas carnes del puerco, se lo puse delante de los ojos, para que
contemplara lo que se le venía encima, su expresión se tornó en puro terror.
Conocía ese flagelo y el pánico que sentía por ese látigo, era la consecuencia
de que cuando lo adquirí en un viaje por Cantabria; concretamente en Santillana
de Mar, tuvo la ocasión de probarlo.
Me encontraba paseando por esa preciosa
población cántabra, escoltada por mi perro, cuando al pasar por una tienda
dedicada a la venta de artículos para caballerías, lo vi colgado a un lado de
la entrada, me llamó la atención poderosamente, lo toqué y el tacto duro del
cuero, además del penetrante olor me cautivó, ordené al animal pagarlo y muy
ilusionada con aquella adquisición, me lo llevé imaginando su uso. Tenía muchas
ganas de llegar al hotel me intrigaba el grado de dolor que pudiera causar y me
apetecía probarlo en el lomo de mi burro; en cuanto subimos a la habitación, le
ordené desnudarse con rapidez y ponerse a cuatro patas, y aunque en aquella
ocasión lo azoté ligeramente, el muy cobarde, había podido sentir e imaginar
todo el dolor que aquel instrumento podía producir, en el caso de ser usado con
fuerza contra su seboso cuerpo.
Con expresión aterrorizada, comenzó a
gemir y suplicar desesperadamente, mientras su cuerpo se convulsionaba entre
espasmos temblorosos, me dio repugnancia ver una nenaza de ese calibre. El oír
sus gruñidos porcinos y verlo tan acobardado no me produjo ninguna lástima, es
más, me sentí enrabietada y asqueada, al recordar qué en algún momento de un
tiempo pasado, pude estar ¿enamorada? de aquel repelente, amasijo gordo y
lacerado, cuya visión de carne grasienta y desnuda surcada de líneas rojas,
ensuciando la alcoba, resultaba un insulto para mis ojos. Además, en mi
interior todavía coleaba la ira que había sentido esa misma tarde, por el
nefasto episodio que me habían hecho vivir, mamá cerda y su puto lechón.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)