martes, 12 de noviembre de 2019

CUESTIONARIO FORZADO - 4





     De nuevo con vosotros para continuar contando la experiencia de aquel extraño día; conforme la voy narrando, vuelven a mi memoria muchos recuerdos que parecían olvidados y que no me gustaría dejármelos en el tintero, aunque eso, sea a costa de alargar la historia muchísimo más de lo que en un principio tenía pensado, espero que todos esos detalles enriquezcan el texto y no os resulte demasiado aburrido.




     Las fotos que acompañan este capítulo, al igual que en el anterior, tampoco tienen nada que ver con lo sucedido aquel día, son instantáneas que se tomaron en el 2011. Como veis, por aquel tiempo, yo gozaba de una figura con unos cuantos kilos menos de los que ahora peso, ese aumento coincidió con el periodo en que dejé de fumar (todo tiene su precio), de todas maneras el incremento en mis curvas, también trajo consigo un buen abultamiento de pechos, y es aquí donde viene muy bien el dicho: "No hay mal que por bien no venga", no sé que pensaréis al respecto y si estaréis de acuerdo conmigo; pero os confieso que yo estoy encantada con el volumen de mis tetas actuales.




     Una vez hecha esta pequeña introducción, doy paso al relato, volviendo a colgar el último párrafo del anterior post, con el fin de refrescar vuestra memoria.

     No me convenía para mis intereses, el lamentable estado de ebriedad que el muy asqueroso animal seguía teniendo, dicho estado podría dificultar mi labor de reinserción o hacerme trabajar más de la cuenta para conseguirla. Me resultaba imprescindible, volverlo a la plena consciencia, sacándolo del adormecimiento etílico en el que se encontraba. Con el claro propósito de conseguir que estuviera totalmente lúcido durante el duro castigo al que pensaba someterle.



     Del exterior de la alcoba y proveniente de la calle, penetraba por la ventana una luz escasa y mortecina, debida en gran parte a los negros nubarrones que cubrían el cielo; claro presagio de la inminente tormenta. Me gustaba e inspiraba, el ambiente que se respiraba en la habitación, a lo lejos ya se escuchaba el resonar de los primeros truenos, parecía que el tiempo se había hecho mi aliado, para conferir un escenario de iluminación oscurecida; me hubiera gustado mantener ese clima ambiental, pero intentando evitar la propagación de sonido, decidí bajar la persiana y correr la gruesa cortina, aunque para evitar la oscuridad total, conecté la pequeña lámpara de mesilla, cuya pantalla cubrí con un pañuelo rojo, pero eso si, teniendo mucho cuidado de que no se quemara con el calor de la bombilla. Me volví hacia el cerdo, admirando como su grasienta piel brillaba con los preciosos reflejos rojizos y comprobando al mismo tiempo que la luminosidad era perfecta, para crear un ambiente lúgubre que potenciara mi inspiración sádica y que además consiguiera influir temor en el ánimo del atocinado esclavo, estimulando su poca hombría.




     Contemplé satisfactoriamente el tétrico decorado y con plena determinación de hacer volver al cerdo a la cruel y dura realidad de su triste existencia, me dirigí a la cocina; una a vez en ella, abrí el congelador, vaciando las cubiteras de hielo que había dentro en dos recipientes; en uno de ellos vertí también abundante agua, acompañada de una buena chorrada de amoniaco; me puse una mascarilla protectora para evitar inhalar los desagradables efluvios y empapando una esponja, comencé a pasarla por la cabeza, cara, espalda, etc., El puerco se resistía cabeceando lo máximo que los amarres le permitían; que por cierto, era más bien poco; sobre todo, cuando los vapores del producto invadían su olfato, además yo, con la otra mano le sujetaba del pelo, aplastando su hocico contra la esponja empapada, obligándole inevitablemente a aspirar e incluso tragar parte del fuerte y tóxico líquido. Aunque se debatía dando tremendos tirones, las fuertes sujeciones que apretaban sus muñecas y tobillos, le hacía imposible evitar que el fuerte y virulento hedor penetrara en su organismo. Después de ese tratamiento, el gordo parásito quedó con la cabeza baja, casi desvanecido, en ese momento tomé dos cubitos y le froté a base de bien los pezones una y otra vez, para seguidamente obligarle a abrir la boca, tapándole la nariz, introduciéndole otro par de hielos que le llenaron totalmente la cavidad bucal; trataba de empujarlos fuera con la lengua, pero evité que los expulsara, empujándolos hacia dentro con la palma de mi mano y poniéndole alrededor de la cabeza un par de vueltas de precinto de embalar, de esa forma el morro del animal quedó sellado a la par que sus ojos, en ridícula expresión, se abrían desmesuradamente.




     Con todo aquel tratamiento estimulante, el animal iba reaccionando, pero demasiado lentamente para mi gusto, (Con el tiempo he descubierto que el amoniaco en lugar de espabilar como era mi objetivo, tiene efectos totalmente distintos en el cerebro, ya que produce confusión, letargo y en según que dosis puede terminar en coma) así que viendo que los estímulos administrados en la bestia no causaban los efectos deseados para la realización de mis propósitos, en buena parte desanimada, me puse a pensar en que más podría hacer; fue entonces cuando me fijé, en como colgaban bamboleantes, los gordos huevazos del animal y se me ocurrió otra idea: en la cocina había visto un pequeño taper casi cuadrado y supuse inmediatamente, que podría ser ideal para llevar a cabo mi malévolo invento, fui a por él, comprobando que tenía la cavidad suficiente, para efectuar el experimento maquinado por mi perversa mente; calenté un clavo en el fuego y le hice dos agujeros a cada lado, pasé una cuerda por cada orificio, haciendo un nudo interior para evitar que se salieran y seguidamente volví a la alcoba, en donde tenía colgado al animal, me puse detrás de él y sin miramiento alguno le coloqué un collar de castigo con pinchos interiores y anillas de enganche, a las que fuertemente sujeté el recipiente de forma que quedara bien tenso y no se pudiera derramar su contenido, a continuación metí varios cubitos de hielo en el fondo del taper, luego me agaché y oprimiendo sus testículos sin piedad, los introduje dentro del angosto recipiente, dejándolo así perfectamente ajustado entre las piernas del puerco y fuertemente incrustado en el perineo; teniéndolo en esa posición, tensé las cuerdas al máximo, haciendo que los pinchos del collar de castigo, se clavaran dolorosamente en el cuello del morlaco; de esa forma, evitaba los posibles movimientos inoportunos durante el tratamiento porcino al que iba a ser sometido, aunque inevitablemente esas fuertes sujeciones, ocasionaran el derramamiento de las primeras gotitas de sangre. En esa situación las voluminosas criadillas del tocino quedaron embutidas dentro del envase y sin posibilidad de escapar por mucho que se encogieran. Para terminar de completar mi invento, metí un pequeño embudo, forzando entre el suelo pélvico y las aplastadas pelotas, procediendo a llenar el taper de agua helada con amoniaco. Al meter el líquido tan frío, lo que yo pretendía, no era otra cosa; que conseguir que los cubitos de hielo tardaran en derretirse el máximo tiempo posible y de esa forma, poder observar detenidamente, el efecto castrador que ese tratamiento pudiera ejercer sobre el tocino.




     El descerebrado homínido, con la nariz aplastada contra la puerta, se encontraba imposibilitado de mover la cabeza, ya que además de las sujeciones, los pinchos del collar, al más leve movimiento herían su pescuezo. Con el rabillo del ojo y mirada expectante, trataba de seguir mis desplazamientos a su espalda, la inseguridad de no saber lo que yo estaba preparando, le causaba gran desasosiego, los perceptibles temblores de su cuerpo delataban el pánico que estaba viviendo; hacía esfuerzos para hablar, pero el precinto bien adherido a su hocico se lo impedía. El esperpéntico atocinado emitía amortiguados gruñidos, mientras trataba de cabecear, aunque los pinchos del collar desgarraran su piel.



     Por la forma en como se debatía y  trataba de escapar a mis manejos, pensé que quizás estuviera lo suficientemente despejado, para comenzar con su reinserción, pero para más seguridad, me dirigí de nuevo hasta el congelador y saqué de él un Calippo de los que le gustan comer a mi hija; (Por si desconocéis el aspecto que tiene: se trata de un sorbete de hielo, de forma cónica parecida a un cohete), pues bien, me coloqué detrás del gordo culo del becerro y con una mano, le abrí los mofletes todo lo que pude, dejando expuesto y abierto el ojete amarronado; le puse un buen chorretón de aceite de oliva, dentro del agujero, para que con el frío del hielo no se le pegara al intestino y pudiera penetrar sin problema alguno. Como si de una diana se tratara, apunté la punta del helado al centro del pequeño agujero y de un empujón, sin miramiento alguno, le introduje de golpe la totalidad del Calippo, hasta que solo quedó fuera el palo de madera. El animal con un gruñido amortiguado se crispó tensando todo su corpachón, mientras sus manos se cerraban y abrían con fuerza en ridículos espasmos que solamente me producían risas y placer.




     Con el cansancio normal después de haber llevado a cabo mi imaginativa obra y mientras el animal se debatía gimiendo ahogadamente, me senté para recobrar mis fuerzas, en un pequeño sillón a su lado, fumándome un cigarrillo pausadamente, ya que por aquel entonces, aún no había podido dejar el vicio del tabaco y me gustaba relajarme y deleitarme, mientras veía los implorantes y asustados ojos del puto aborto de cerda. Me recreaba disfrutando del resultado de mi obra, hasta ese momento. La visión de mi esclavo maridín, sudoroso con la atocinada piel brillante de grasa y a mi total disposición, para hacer con él cualquier tipo de cruel castigo que se me ocurriera, por muy violento que fuere, hacía que inevitablemente mis bragas se humedecieran de malsano placer. En mi detallado recorrido visual, me fijé particularmente, en como sus arrugados huevos, habían reducido su tamaño considerablemente e iban adquiriendo un color morado precioso. Siguiendo los instintos sádicos que aquellas imágenes despertaban en mí y también para terminar de ayudar a su total recuperación mental y física, de vez en cuando aplicaba la punta del cigarrillo contra una de sus gordas nalgas, chamuscando sus grasientas carnes que desprendían un desagradable tufillo a torrezno quemado, mientras el muy nenaza se agitaba convulsivamente en pequeños estertores, debidos a las férreas sujeciones que lo tenían aplastado contra la puerta. Cuando acabé el pitillo, lo apagué contra su espalda y me acerqué de nuevo hacia la cara del puerco, comprobando que por fin y gracias a todos mis esfuerzos, el mastuerzo había recuperado la total consciencia, tal y como yo pretendía para poder dar paso a la dura sesión.




     En el momento en que confirmé que el cerdo había recobrado los cinco sentidos, comencé a preparar mi arsenal de instrumentos persuasivos, tales como: la tralla, fustas, látigos, flogers, pinchos, agujas, etc., colocándolos todos sobre una mesita cercana. Me recreé contemplándolos y calculando de antemano el uso que pensaba darles sobre el saco de vísceras. El motivo de tener tantos artilugios de tortura diferentes, no es otro que el de ir variando el castigo, tratando de evitar siempre, que el esclavo se acostumbre al mismo tipo de dolor que infringe cualquiera de ellos y al irlos permutando, consigo que el sufrimiento y desconcierto en el cerebro del sumiso, sea mucho más intenso y difícil de asimilar.




     Antes de comenzar la dura sesión para la reinserción de Porky a su estado natural, y para evitar cualquier obstáculo que pudiera entorpecerla, procedí con calculada calma a retirar el helado del ojete del guarro; o más bien, el palo, ya que el Calippo se había derretido, quedando una buena parte del chocolate y limón, en el interior del intestino del animal y otra parte escurriendo asquerosamente por las ajamonadas patas del puerco. Retiré también el taper de agua helada, cuyo borde, debido a la fuerte tensión de las cuerdas, se le había incrustado en la zona del perineo, dejando un pequeño rastro rojizo. Al liberar las criadillas del morlaco, presentaban un aspecto muy distinto a lo habitual, se hallaban encogidas y de un color cárdeno oscuro, las estrujé con mis dedos; comprobando que estaban heladas. Me acerqué al desgraciado muy despacio, recreándome con el pánico que destilaba todo él; me puse detrás, con mis tetas pegadas a su cebado cuerpo, pudiendo notar sus temblores y entonces, pellizcándole los pezones fuertemente, le dije muy cerca del oído,
-"¡Hijo de la gran puta!, lo que has hecho, y la forma en que me has hablado esta tarde delante de la gente y de la zorra que te parió, no lo vas a volver a hacer nunca más, te lo puedo aseverar; la cerda asquerosa de tu madre, jamás podrá estar a mi altura, esa vaca de tetas gordas, no es más que una basura y te aseguro que eso tiene que quedar bien grabado a partir de hoy, en tu corto cerebro de mono. Todo lo que te va a suceder en esta habitación a partir de este momento, no es más que la consecuencia de tus actos y debes de comprender que lo que voy a hacer contigo, es por tu bien y el de nuestra familia, espero que aprendas esta lección, porque si alguna vez se repitiera un episodio parecido a lo que he tenido que aguantar hoy, podría tener unas consecuencias terribles para tu nefasta y desgraciada vida".





     La piltrafa humanoide, intentando ladear la cabeza, todo lo que las tensiones de las ataduras le permitían, me miraba de soslayo, con suplicantes y aterrorizados ojos. Cogí una de las fustas, acaricié suavemente con ella los hombros del animal primero, para seguidamente alzar mi brazo y sin el menor atisbo de compasión, golpear fuertemente sobre su espalda, provocándole un fuerte encogimiento, acompañado de un gemido ahogado por la cinta que amordazaba su hocico. A ese primer fustazo, siguió otro... y otro... y otro... y muchos más, alternaba los látigos y demás elementos de tortura; la piel de la alimaña, se iba cubriendo de finas líneas rojas, al mismo compás que los sordos gruñidos del desgraciado, se confundían con el silbido del siguiente latigazo rasgando el aire. Hubo un instante en que las piernas del lacerado esclavo se doblaron desfallecidas, el verlo medio derrumbarse, no me hizo sentir ninguna compasión y pinchándole por el interior de los muslos, mientras lo jaleaba con gritos imperativos, le obligué a erguirse de nuevo.



     Cuando lo tuve de nuevo en la posición que me convenía, tensé las correas mucho más fuerte, evitando de esa forma que pudiera caerse otra vez, además y para más seguridad, le até un cordel fino pero resistente rodeando fuertemente sus gordas criadillas, a continuación lo pasé por debajo de la puerta y luego por encima de ella, hasta llegar a su nuca, sujetándolo al collar de castigo que seguía llevando puesto; de esa forma le dejé muy claro, la constatación de que si sus piernas se doblasen de nuevo y si por un casual fallasen las correas y se precipitara hacia el suelo, corría el enorme peligro de castrarse él solito, dejando sus huevos colgando del cordel y por consiguiente, quedaría convertido en un eunuco afeminado de voz aflautada, durante el resto de su miserable y arrastrada vida. 




     Al observar que su espalda, culo y piernas, presentaban un aspecto amoratado bastante deplorable, decidí hacer una pausa; me sequé el sudor con un pañuelo y opté por preguntarle si estaba asumiendo la lección. Para poder escuchar su respuesta le quité la mordaza, llevándome con el precinto algún que otro mechón de pelo y al retirarla un torrente de babas espesas escaparon de su hocico acompañadas por un fuerte quejido. Con una vocecita débil, medio amariconada, y mientras las lágrimas y los repugnantes fluidos, embarraban tanto su cuerpo como su rostro animalizado, me respondió con prontitud,
- "Perdón mi Ama,... perdooooón.... le juro que no volverá a suceder, no sé que me pasó hoy, estaba bebido, fue culpa de mi madre, yo no quería......¡lo juro mi Ama!, lo sientoooo......."
- "Vamos bien imbécil, ¡Dime ahora mismo que es tu mamá para ti!"
- "Ella es la que me dio la vida, pero es la tercera persona más importante de mi vida, después de mi hija y usted, mi Diosa"
- "Contestación incorrecta cerdo, continuamos tu adiestramiento, hasta que aprendas bien la lección".


     Aquellas palabras no me dejaron satisfecha, no era lo que yo quería escuchar. Me senté de nuevo detrás de él, para recuperar el máximo de vigor, tomé un refresco tranquilamente y cuando me vi con energía renovada, proseguí con el suplicio del borrego, azotándolo con dureza. Para aumentar el dolor, empuñé un látigo fino, muy flexible y al mismo tiempo fuerte, que usado con el mínimo esfuerzo trazaba sobre la piel del esclavo, largas laceraciones de color rojo intenso. A cada latigazo, el animal lanzaba fuertes gruñidos que rompían el silencio de la alcoba. Al haberle quitado la mordaza de la boca, era inevitable escuchar sus lamentos y temí que pudiera ser oído desde la casa colindante, pero arriesgándome a que eso pudiera suceder, no por ello paré la tortura, además me gustaba y excitaba el escuchar los gritos de sufrimiento del afligido energúmeno.



     Transcurridos unos 45 minutos de duro suplicio, el aspecto de Porky resultaba lastimoso, toda su espalda estaba enrojecida y en buen parte lacerada, culo y piernas presentaban un aspecto parecido, su cara estaba cubierta de lágrimas, mocos y babas, así que decidí parar de golpear por un momento y volví a preguntar,
- "Perro de mierda, ¿Si estuviéramos en una situación límite las tres, y dependiera de ti el salvarnos, en que orden lo harías?"
- "No le entiendo mi Ama", - contestó entre sollozos
- "¿Qué no lo entiendes? ¿Quieres que te lo repita con el látigo imbécil?"
- "¡Nooo Ama! perdón ya lo entiendo...... primero a la niña, después a usted Señora y por último a mi mamá"
- "¿Tú mamá? ja,ja,ja, que ridículo eres........ dime ahora mismo ¿Con que te amamantó tu mamaíta cuando te echó a este mundo?"
- "Ella siempre dice que me dio de mamar de sus pechos, durante los primeros meses". - contestó apresuradamente.
- "¿Sus pechos? ¡Qué idiota eres asqueroso!, tu puta madre no tiene pechos, no es más que una puta vaca gorda y las vacas no tienen pechos, estúpido. Las vacas, tienen ubres, para ser ordeñadas, aunque todas las becerras putas, como tú cebona mamá, se las dejen manosear por todos los machos que quieran divertirse con ellas". 
-"¡Siguen sin convencerme tus respuestas, mamarracho! pero no te preocupes que al final aprenderás" - le dije de manera burlona y sádica al mismo tiempo.



     El animal escrutaba de reojo, mis movimientos a sus espaldas. Ocultándome de su reducido ángulo de visión, me acerqué a la mesita donde estaba depositado mi arsenal de castigo, contemplé los instrumentos de tortura que tenía sobre ella. Entre todos ellos, se encontraba uno de los látigos que todavía no había empleado, debido a su gran dureza y las lesiones que puede infringir sobre un cuerpo débil y atocinado como es el de Porky; lo había reservado, por si se demoraba demasiado la consecución de mi proyecto de reinserción animal, se trataba del "vergajo de toro"; dicho látigo está confeccionado con piel seca de toro, retorcida y trenzada, en especial, la cortada de la verga del astado; de ahí su explícito y llamativo nombre.

     Sin dudarlo un minuto más, con mano férrea empuñé el "vergajo de toro", disponiéndome a usarlo con todas las consecuencias que pudieran derivarse; pero antes de hacerlo restallar sobre las ya muy magulladas carnes del puerco, se lo puse delante de los ojos, para que contemplara lo que se le venía encima, su expresión se tornó en puro terror. Conocía ese flagelo y el pánico que sentía por ese látigo, era la consecuencia de que cuando lo adquirí en un viaje por Cantabria; concretamente en Santillana de Mar, tuvo la ocasión de probarlo.

     Me encontraba paseando por esa preciosa población cántabra, escoltada por mi perro, cuando al pasar por una tienda dedicada a la venta de artículos para caballerías, lo vi colgado a un lado de la entrada, me llamó la atención poderosamente, lo toqué y el tacto duro del cuero, además del penetrante olor me cautivó, ordené al animal pagarlo y muy ilusionada con aquella adquisición, me lo llevé imaginando su uso. Tenía muchas ganas de llegar al hotel me intrigaba el grado de dolor que pudiera causar y me apetecía probarlo en el lomo de mi burro; en cuanto subimos a la habitación, le ordené desnudarse con rapidez y ponerse a cuatro patas, y aunque en aquella ocasión lo azoté ligeramente, el muy cobarde, había podido sentir e imaginar todo el dolor que aquel instrumento podía producir, en el caso de ser usado con fuerza contra su seboso cuerpo.



     Con expresión aterrorizada, comenzó a gemir y suplicar desesperadamente, mientras su cuerpo se convulsionaba entre espasmos temblorosos, me dio repugnancia ver una nenaza de ese calibre. El oír sus gruñidos porcinos y verlo tan acobardado no me produjo ninguna lástima, es más, me sentí enrabietada y asqueada, al recordar qué en algún momento de un tiempo pasado, pude estar ¿enamorada? de aquel repelente, amasijo gordo y lacerado, cuya visión de carne grasienta y desnuda surcada de líneas rojas, ensuciando la alcoba, resultaba un insulto para mis ojos. Además, en mi interior todavía coleaba la ira que había sentido esa misma tarde, por el nefasto episodio que me habían hecho vivir, mamá cerda y su puto lechón.

lunes, 4 de noviembre de 2019

CUESTIONARIO FORZADO - 3




     Antes de proseguir con la historia que os vengo contando, os pido comprensión ante mi tardanza en seguir con la narración, ello es debido a que estoy intentando escribir y expresarme mejor, sé de mis limitaciones al respecto y me gustaría poderlas ir subsanando más pronto que tarde, ese aprendizaje lógicamente me hace ser más lenta en la redacción. Pero todo ese tiempo invertido, lo daría por bien empleado, si al final consiguiera que los relatos o experiencias en mi forma de vida, ganen intensidad. Me gustaría saber, cuando terminéis de leerlo, que opinión os merece.






     Quiero también hacer referencia a las fotografías que acompañan dicho texto; como podréis comprobar, no tienen nada que ver con lo acontecido en la boda; pero las he querido publicar para amenizar gráficamente el reportaje. Dichas fotos, se sacaron en el verano del 2016 y están tomadas en Vera, sitio en que por diversas razones (casi todas de tipo liberal) me gusta veranear siempre que puedo. En las imágenes apreciaréis el colgante que me suelo poner cuando busco identificarme como mujer corneadora, al mismo tiempo que el zoquete queda bien reflejado en su condición de becerro cornudo, me lo pongo con mucha más razón, cuando voy a divertirme al pub swinger "Templum"; que podéis verlo en alguna de las fotos ya que está por esa misma zona. En algunas ocasiones me gusta hospedarme en el hotel Vera Playa, me encanta hacerlo debido a que reina un ambiente bastante acorde con lo que a mí, me gusta, algunas de las fotos están tomadas en la habitación que ocupamos durante aquel periodo estival. Al lado mismo de las piscinas del complejo hotelero, hay situado un amplio jacuzzi burbujeante y cálido, en el que he vivido situaciones tremendamente morbosas y excitantes para mí, a la par que muy humillantes para el cornudo. Pero bueno esas "aventurillas" ya serían para otro capítulo. La lástima, en el caso de relatar en alguna ocasión, esos devaneos acuáticos, es que se trata de zonas comunes, en donde no está permitido sacar imágenes.






     Espero que estas instantáneas que hoy publico, aunque son más discretitas que otras veces, os agraden y alegren la vista. Y sin más dilación, continúo con la historia de aquel infausto día para mí, pero mucho más para el cabrón.




     Después de todos los desagradables incidentes vividos en la boda, solamente tenía en mi mente, muchísimas ganas de encontrarme en casa, para dar inicio a todo mi plan preconcebido; actuando como una malévola encantadora de serpientes (en este caso de cerdos), hasta conseguir la manipulación del porcino animal y poder dar salida a toda mi rabia contenida.






     Al llegar al "dulce hogar", acompañada del confiado cornudo; todavía bastante borracho; le conminé a sentarse en el sofá ofreciéndole mimosamente un whisky con hielo, el muy estúpido, dado su estado etílico, me lo rechazaba ya que se resistía a beber más alcohol, pero claro obviamente, yo sabía cómo vencer su resistencia y porfiaba en mi empeño toda cariñosa, mientras rozaba su bragueta, hasta conseguir excitarlo y hacerle bajar la guardia; al final con mi sibilina manipulación, accedió a que le preparara la bebida.






     Siguiendo con el guion que me había trazado, llevé la botella de whisky a la cocina y comencé a elaborarle el cóctel adormecedor: primero, puse bastante hielo en un vaso, acompañado de una buena ración de whisky y para rematar aquel brebaje manipulador, le añadí unas pastillas para perro, llamadas "VitaPaws (For Dogs)"; dicho medicamento estaba recetado por el veterinario, para suministrarle una cápsula al pastor alemán que teníamos, cuando se mostraba demasiado irritable o nervioso. En el caso de Porky y tratándose de un cerdo con sobrepeso, consideré adecuado a mis propósitos, el ponerle cuatro píldoras en el mejunje. Supuse que podrían ser suficientes para anular la mente y el sistema nervioso del puerco borracho. Sin medir las posibles consecuencias adversas, procedí a abrir las mismas y diluir el polvillo en el licor removiéndolo. Con estudiado e insinuante balanceo de caderas, le llevé el vaso al salón. El anti-verraco se había dormido, así que dándole unas palmaditas en los mofletes al tocino, traté de sacarlo de su sopor y al conseguirlo le insté a beber, ofreciéndole el preparado muy cariñosamente.






     El homínido se encontraba aletargado por todo lo que había comido y bebido, ese hecho, complicaba bastante el hacerle ingerir el "combinado especial", así que para conseguir mi objetivo de hacérselo tragar, comencé a estimularlo tocándolo; le abrí la camisa y procedí a acariciar sus gordos pezones de nenaza adolescente, que como buena maricona que es, sabía de antemano lo mucho que le excitaba, al mismo tiempo y venciendo la aversión que me inspira semejante colgajillo, le sobaba la pilila, metiendo mi mano por el interior de su bragueta, continuando sin tener respuesta positiva, ya que el miserable gusanito continuaba tan dormido como su puto dueño. La casi impotencia del hijo de zorra cornudo, unida a la ingesta de alcohol, ocasionaban que todo lo que me estaba esforzando, resultara una tarea casi imposible.






     El tiempo y la ira me apremiaban, sin caer en el desánimo, pensé en alguna solución y fue en ese instante cuando se me ocurrió una brillante idea; saqué mis bamboleantes pechos delante de los ojos del animal, estiré mis pezones para ponerlos duros y procedí a mojarlos en el whisky, llevándolos seguidamente hasta el hocico del gorrino, dándoselos a mamar; a ese caliente estímulo visual; si que respondió bien el lechón, lamía con ganas sorbiendo una y otra vez mis tetas, que yo inmediatamente volvía a mojar en el vaso, pero claro esa labor se hacía demasiado lenta y la fuerza de mi rencor me apremiaba; así que venciendo mi repugnancia, llené mi boca con el brebaje y seguidamente estiré las tetillas del cerdito, provocándole abrir la boca. Toda esta manipulación la llevé a cabo de manera seductora y como si de un juego sexual se tratase, junté mis labios con el morro del lechón y le pasé todo el contenido forzándole a tragar, volví a realizar la misma acción varias veces, hasta que el muy idiota, sin darse cuenta de mis intenciones, no dejó ni una gota en el vaso.






     Después de haber logrado embuchar todo el licor adulterado al interior del barril de carne, ya solo me restaba esperar a que los efectos del brebaje, cumplieran su cometido, atrofiando la mente y el mantecoso cuerpo de mi preciado trofeo. Era recomendable, dejar pasar un tiempo, para estar segura de su anulamiento cerebral; así qué, con susurros muy sensuales, le dije que me iba a poner sexy y a darme una ducha, para estar muy guapa para él e irnos a la habitación a disfrutar. El muy idiota, me miraba con expresión de bobalicona satisfacción.






     En mi descargo diré que tampoco le engañé demasiado; solamente le mentí al 50%, ya que una de las dos partes estaba segura de que sí iba a disfrutar y muchísimo. Me metí en la bañera, en un baño de espuma relajante, lo hice con mucha calma, recreándome en mis pensamientos sádicos hacia el asqueroso hijo de cerda y dando tiempo a que las cápsulas caninas hicieran su cometido. No tenía ninguna prisa, salvo por el hecho de que mi hija pudiera volver antes de que yo culminara mis propósitos. Mientras recorría mi cuerpo con el agua jabonosa, me recreaba pensando en la tortura que pensaba ejercer con el cabrón cornudo, esos pensamientos de sádica crueldad, me ponían cachonda y sin darme cuenta, casi por instinto, mis manos se deslizaron por mis suaves tetas, pellizcando mis duros pezones, para seguidamente ir bajando hasta terminar en mi caliente coño, que inevitablemente masturbé hasta explotar en un fuerte y convulsivo orgasmo. 






     Dejé pasar un tiempo hasta que mis fuertes pulsaciones cesaron y después de toda la relajación que ese excitante baño me había proporcionado, decidí que debía ponerme manos a la obra cuanto antes, con el fin de que me diera tiempo de corregir todos los estúpidos comportamientos del machista anormal. Consideré que el periodo transcurrido, podría haber sido más que suficiente para dejarlo atontado; me asomé sigilosamente al salón, para comprobar el estado del imbécil; no me sorprendió el encontrar al puerco, roncando y respirando ahogadamente, tal y como era mi intención; le zarandeé tratando de espabilarlo en parte, para facilitarme el poder manejarlo mejor; no respondió; le di unas cuantas bofetadas y solamente logré algunos balbuceos; al final le apliqué agua fría por la cara y pecho, hasta que conseguí que entornara los ojos y me viera ante su hocico, exhibiendo un atrevido conjuntito de braguita negra; corsé del mismo color y botas altas de cuero, todo ello a juego. El perro asqueroso, con ojos lánguidos, pero al mismo tiempo deseosos, se me quedó mirando y con lengua estropajosa me susurró, que estaba muy guapa. Seguí tejiendo mi red de encantamiento y con movimientos sensuales le ayudé a desnudarse; procedí a mordisquearle los pezones, mientras me frotaba contra su grasiento cuerpo; mi finalidad no era otra que estimularlo para poder manejarlo como un pelele. Aunque trataba de moverse respondiendo a mis sensuales manejos, se le veía atontado y con escaso raciocinio; en ese estado no me fue difícil encaminarlo hacia una habitación de la casa, lo más alejada posible de las de los vecinos y por lo tanto bastante más discreta en cuanto a la propagación del sonido.






     Durante el periodo, en el que estuve esperando a que las cápsulas del perro, hicieran el efecto que yo deseaba en el puerco, había dejado cortadas y preparadas, unas correas de persiana muy resistentes que pasaban sin problema, entre las ranuras de la puerta, y que sin duda servirían perfectamente para mis propósitos. Cuando llegamos al aposento, lo apoyé contra la pared, para que se mantuviera en pie, entre susurros cariñosos y palabras excitantes le dije que cerrara los ojos; cuando lo hizo empecé a acariciarle el cuerpo, mientras de forma sibilina le fui colocando unas muñequeras y tobilleras de cuero con resistentes argollas, toda esta manipulación la llevé a cabo, suavemente y con mucho mimo, acompañada de calientes estímulos eróticos; de esa forma el animal resultó muy manejable, no siendo nada difícil, ponerlo en la posición que a mí me interesaba, luego me coloqué detrás del porcino, le cogí las tetillas por los pezoncitos como si fuera una putilla y empecé a moverme contra su culo como si lo estuviera follando, el muy hijo de perra, lanzaba pequeños gemidos y se notaba como lo estaba disfrutando, aunque por el momento, no dejaba de tener la mirada neblinosa. Poco a poco con esos meneos y empujoncitos, me lo fui llevando hasta la puerta y una vez allí, lo tuve facilísimo para sujetarlo a las correas y después pasando al otro lado, irlas tensando fuertemente, mientras arrulladoramente, le seguía prometiendo momentos muy especiales, (cosa que tampoco era mentira) hasta que por fin, conseguí privarle totalmente de cualquier movimiento corporal. El muy anormal, ni se daba cuenta de la posición totalmente expuesta en que había quedado y seguía mirándome con ojos aborregados y estúpida sonrisa.






Cuando por fin lo tuve totalmente a mi merced, terminé con toda la farsa que había mantenido, hasta conducirlo al punto deseado. Mi gesto cariñoso cambió radicalmente a cruel y dominante; me sentí dueña de la situación, recreándome interiormente por todo lo que pensaba hacerle a aquel trozo de carne sebosa, sujeto a una puerta.





     Me recreé observando mi obra durante unos minutos, aquella piel sin marca alguna, me resultaba excesivamente provocadora y deseaba ardientemente revertir su aspecto. Muy lentamente me volví hacia la mesita donde tenía ocultos por una toalla, todos los instrumentos de tortura que anteriormente había escogido para llevar a cabo la sesión. 







     Con sádica calma y disfrutando de mi superioridad, me preparé para comenzar la reinserción de Porky a su estado deshumanizado, y por otra parte natural, siendo un ser de tan escasa capacidad física y mental. Me retiré unos pasos, conecté la luz fuerte de la habitación y con malsano placer, contemplé de nuevo las carnes fofas del cerdo, que por mucho que él quisiera evitarlo, quedaban totalmente expuestas para lo que yo decidiera hacer con ellas. El adueñarme de un ser humano, con todo lo que eso conlleva, me hacía relamerme de gusto y no podía evitar mojarme de placer.






     No me convenía para mis intereses, el lamentable estado de ebriedad que el muy asqueroso animal seguía llevando, dicho estado podría dificultar mi labor de reinserción o hacerme trabajar más de la cuenta para conseguirla. Me resultaba imprescindible, volverlo a la plena consciencia, sacándolo del adormecimiento etílico en el que se encontraba, con el claro propósito de conseguir que estuviera totalmente lúcido durante el duro castigo al que pensaba someterle.